A los santos y fieles en Cristo Jesús que esperan su gloriosa venida
Pablo, siervo de Jesucristo por la voluntad de Dios, llamado a anunciar el evangelio de la gracia, a los hermanos y hermanas que invocan el nombre del Señor en todo lugar: gracia, misericordia y paz sean multiplicadas de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.

Doy gracias a mi Dios cada vez que escucho de vuestra fe y de vuestro amor por las verdades que os han sido confiadas. Habéis recibido gran luz, conocéis las profecías, aguardáis el regreso de nuestro Salvador y proclamáis los mensajes finales al mundo. Sin embargo, os ruego que no permitáis que el conocimiento ocupe el lugar del amor, porque el conocimiento sin amor engrandece al hombre, mientras que el amor edifica el cuerpo de Cristo.
No uséis la libertad que el Señor os ha concedido para buscar vuestro propio beneficio, sino para servir a vuestros hermanos con humildad. Hay quienes son fuertes en la fe y quienes apenas comienzan su caminar; por tanto, procurad que vuestra conducta nunca sea ocasión de tropiezo para aquellos por quienes Cristo también derramó su sangre. Si alguna de vuestras acciones, aunque os parezca lícita, hiere la conciencia de un hermano, preguntad primero qué glorifica más a Dios antes que qué satisface vuestros deseos.
Hermanos amados, no olvidéis las lecciones del antiguo Israel. Muchos caminaron bajo la nube, atravesaron el mar y participaron de las bendiciones del Señor; sin embargo, algunos apartaron su corazón y pusieron su confianza en aquello que no podía salvarlos. Estas cosas quedaron escritas para nuestra enseñanza, para que ninguno confíe en sus privilegios espirituales más que en una relación viva y constante con Cristo.
Huid, pues, de toda idolatría. No penséis solamente en imágenes de piedra o de metal. También puede convertirse en ídolo aquello que ocupa el primer lugar en vuestro corazón: el prestigio, las posesiones, el éxito, el trabajo, la tecnología, el entretenimiento o incluso el deseo de tener siempre la razón. Todo aquello que robe el afecto que pertenece únicamente a Dios debilita el testimonio del creyente y oscurece la gloria del evangelio.
Sed imitadores de Cristo, quien no buscó complacerse a sí mismo, sino que entregó su vida para salvar a muchos. Aprended a renunciar voluntariamente cuando vuestra renuncia acerque a otra persona al Salvador. La verdadera grandeza del discípulo no consiste en defender sus derechos, sino en reflejar el carácter de Aquel que se despojó de sí mismo por amor.
Así pues, cuando enseñéis, trabajéis, adoréis, descanséis, compartáis en familia o sirváis a vuestra iglesia, hacedlo todo con un solo propósito: glorificar a Dios. Que cada palabra, cada decisión y cada acto de servicio anuncien que Cristo vive en vosotros. Entonces vuestra luz brillará delante de los hombres, la iglesia será fortalecida en unidad y muchos serán atraídos al conocimiento del Salvador.
El Dios de paz os fortalezca para permanecer firmes hasta el día de Jesucristo. Que vuestro amor abunde más y más en ciencia y en todo discernimiento, para que aprobéis lo mejor y seáis sinceros e irreprensibles hasta la venida del Señor.
La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros.
Amén.
No hay comentarios:
Publicar un comentario