Pablo, llamado por la voluntad de Dios para anunciar el evangelio de Jesucristo, a los santos que guardan los mandamientos de Dios y esperan la gloriosa venida de nuestro Señor:
Gracia y paz sean multiplicadas a vosotros de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
Doy
gracias a mi Dios por vuestra fidelidad, porque aun en tiempos difíciles
permanecéis esperando la esperanza bienaventurada. He oído de vuestro amor por
las Escrituras, de vuestro deseo de proclamar el mensaje de los tres ángeles y
de vuestra perseverancia en medio de una generación que ama más la apariencia
que la verdad.
Pero os
ruego, hermanos, que no olvidéis cuál es el fundamento de vuestra fe. Hay
quienes se esfuerzan por impresionar con palabras elocuentes, con conocimientos
admirables o con métodos que prometen grandes resultados. Sin embargo, si
Cristo crucificado deja de ocupar el primer lugar, todo esfuerzo humano pierde
su valor.
Recordad
que cuando anuncié el evangelio no procuré conquistar corazones mediante la
sabiduría de este mundo, sino mediante el poder de la cruz. Porque lo que
muchos consideran debilidad fue la mayor manifestación del amor de Dios, y
aquello que el mundo llamó derrota fue la victoria definitiva sobre el pecado y
la muerte.
No
permitáis que el orgullo divida la iglesia. No digáis: "Yo sigo a este
predicador", o "Yo prefiero aquel ministerio", pues ninguno
murió por vosotros. Cristo es quien fue entregado por vuestros pecados, y solo
Él merece vuestra lealtad y vuestra adoración.
También
os exhorto a no avergonzaros del mensaje de la cruz. Sé que muchos lo
consideran anticuado, incómodo o innecesario. Vivís en una sociedad que busca
entretenimiento antes que arrepentimiento, éxito antes que servicio y
aceptación antes que santidad. Pero el evangelio no cambia con los tiempos,
porque el corazón humano sigue necesitando la misma gracia que transformó
nuestras vidas.
Así como
Dios llamó a personas sencillas para avergonzar la sabiduría de los sabios,
también hoy continúa llamando a hombres y mujeres dispuestos a vivir con
humildad, obediencia y amor. No confiéis en vuestras capacidades, sino en el
Espíritu Santo, quien da poder al testimonio de aquellos que permanecen junto a
la cruz.
Examinad
vuestro corazón. Preguntaos si la cruz es únicamente un símbolo en vuestros
templos o si es el principio que guía vuestras decisiones, vuestro servicio y
vuestra manera de amar a los demás. Porque quien contempla el sacrificio de
Cristo no puede seguir viviendo para sí mismo.
Por
tanto, permaneced firmes. Servid con alegría. Predicad con sencillez. Amad sin
fingimiento. Y que toda vuestra esperanza repose en Aquel que murió por
vosotros, resucitó para vuestra justificación y pronto vendrá para buscar a su
pueblo.
La gracia
de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo
sean con todos vosotros hasta el día en que la fe se convierta en vista.
Amén.
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