Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y hermano de todos los que invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a la iglesia de Dios que peregrina en estos últimos días, a los que esperan la manifestación gloriosa del Señor y guardan sus mandamientos:
Gracia y paz sean a vosotros de Dios nuestro
Padre y del Señor Jesucristo.
Doy gracias a mi Dios cada vez que escucho de
vuestra fe, de vuestro celo por anunciar el evangelio y de vuestro deseo de
permanecer firmes en medio de un mundo que, como en mis días, llama bueno a lo
malo y desprecia la verdad. Porque el Señor no ha dejado de tener un pueblo que
le sirve con sinceridad, aunque viva rodeado de una generación que no le
conoce.
Hermanos míos, os escribo no para condenaros,
sino como a hijos amados. Porque, así como Corinto era grande en comercio,
riqueza y sabiduría humana, también vuestro tiempo se gloría en el
conocimiento, la tecnología y el poder. Sin embargo, ¿de qué aprovecha al
hombre conocer muchas cosas si deja de conocer a Cristo? ¿Y qué beneficio hay
en llenar la mente de información si el corazón permanece vacío del Espíritu?
No ignoréis que el enemigo sigue usando las
mismas armas. Si antes levantó templos a los ídolos, hoy levanta altares al
orgullo, al placer, al materialismo y a la autosuficiencia. Si antes dividía a
la iglesia diciendo: "Yo soy de Pablo", "yo de Apolos", hoy
también procura que unos sigan a hombres, otros a opiniones y otros a
tradiciones, olvidando que todos sois de Cristo, y Cristo es de Dios.
Os ruego, pues, que el mensaje de la cruz no
sea solamente una doctrina que defendáis, sino la vida que viváis. Porque no
fui enviado a exaltar mi nombre, sino a predicar a Jesucristo, y a este
crucificado. Si el mundo busca señales y sabiduría, vosotros buscad la humildad
del Cordero y el poder del evangelio.
Sé que algunos entre vosotros sienten
cansancio. Hay quienes piensan que el corazón de las ciudades ya no puede ser
alcanzado, que las nuevas generaciones no escucharán la voz del Señor y que la
misión se hace cada vez más difícil. Pero recordad las palabras que el Señor me
habló cuando yo también tuve temor: "No
temas; sigue hablando y no calles, porque yo estoy contigo, y tengo mucho
pueblo en esta ciudad."
Creed esta promesa. Todavía hay hombres,
mujeres, jóvenes y niños que el Señor está llamando. Vuestra tarea no es contar
cuántos responderán, sino sembrar fielmente la semilla del evangelio.
No descuidéis tampoco el amor entre vosotros.
Corregid con mansedumbre, servid con alegría y soportaos unos a otros. Una
iglesia llena de conocimiento, pero vacía de amor, ha olvidado el espíritu de
Cristo.
Finalmente, hermanos, permaneced firmes en la
esperanza bienaventurada. Que vuestra adoración sea sincera, vuestra misión
constante y vuestra vida un testimonio de la gracia que habéis recibido. Mirad
todas las cosas a través del evangelio y no permitáis que el espíritu del mundo
moldee el carácter de la iglesia que Cristo compró con su sangre.
La gracia del Señor Jesucristo sea con todos
vosotros. Mi amor en Cristo Jesús sea con todos.
Amén.
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