A los santos que viven en medio de un mundo abundante en bienes, pero necesitado de amor: gracia y paz sean con ustedes, de Dios nuestro Padre y de nuestro Señor Jesucristo.
Hermanos amados:
Doy gracias a Dios por ustedes y por la gracia que ha puesto en sus corazones. Pero deseo recordarles algo que fácilmente olvidamos: no somos dueños de lo que tenemos, sino administradores de aquello que hemos recibido.

Miren a nuestro Señor Jesucristo. Siendo rico, se hizo pobre por amor a nosotros. Dejó la gloria, tomó condición de siervo y entregó su propia vida para que nosotros tuviéramos vida. ¿Cómo, pues, habiendo recibido semejante don, podríamos vivir solamente para nosotros?
No piensen que la generosidad consiste únicamente en entregar dinero. El Señor recibe también el tiempo que dedican a servir, los talentos que ponen al servicio de otros, las palabras que consuelan, las manos que ayudan y el conocimiento que comparten.
Por eso les ruego que no den por obligación ni con tristeza. Propongan en su corazón aquello que ofrecerán y háganlo con alegría. Que cada uno participe conforme a lo que ha recibido, pues Dios no compara las cantidades, sino que mira el corazón.
Y no olviden esto: la mayordomía y la misión caminan juntas. Lo que Dios pone en nuestras manos puede convertirse en instrumento para que otros conozcan su amor.
No permitan tampoco que los bienes que poseen los dividan. Recuerden que somos una sola familia en Cristo. Cuando uno tiene necesidad, los demás pueden convertirse en respuesta de Dios. Así, la generosidad se transforma en comunión, servicio y testimonio.
Finalmente, hermanos, entréguense primero al Señor. Porque cuando el corazón pertenece a Cristo, también nuestras posesiones, nuestro tiempo y nuestros talentos encuentran un propósito.
Que la gracia de aquel que se entregó por ustedes produzca en sus vidas una abundancia de amor, servicio y generosidad.
A nuestro Dios sea la gloria, ahora y por todos los siglos. Amén.
Un siervo de Jesucristo

