A los cristianos que viven en estos tiempos: gracia y paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
Doy gracias a Dios cada vez que pienso en ustedes, porque el Señor todavía tiene un pueblo llamado a llevar su luz en medio de un mundo que necesita esperanza.
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Os ruego, hermanos, que no hagáis de vuestra fe un motivo para exaltaros a vosotros mismos. No sois vosotros el centro del mensaje: Cristo lo es. Que vuestra vida sea como una carta que otros puedan leer, no escrita con tinta, sino con el carácter de Jesús.
Sé que vivís tiempos difíciles. Hay cansancio, oposición, incertidumbre y muchas razones para desanimarse. Pero recordad esto: somos vasos de barro que llevamos un tesoro. Nuestra fragilidad no limita el poder de Dios; antes bien, permite que su poder sea visto con mayor claridad. Podéis estar atribulados, pero no angustiados; en apuros, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados.
Por tanto, no viváis únicamente para protegeros a vosotros mismos. Cristo os ha dado el ministerio de la reconciliación. Habéis sido llamados a ser sus embajadores. Allí donde exista enemistad, llevad reconciliación; donde haya tristeza, llevad consuelo; donde exista culpa, anunciad el perdón que encontramos en Cristo.
Y puesto que habéis sido reconciliados con Dios, buscad también una vida santa. No penséis que la santidad consiste solamente en aparentar que sois buenos. Permitid que el Espíritu Santo transforme vuestro corazón y rechazad aquello que os separa de Dios.
Os digo finalmente: no despreciéis los pequeños actos de fidelidad. Una palabra amable, un perdón ofrecido, una tentación rechazada, una mano extendida al que sufre, pueden convertirse en testimonios poderosos del evangelio.
Que vuestra vida pueda decir al mundo, aun sin palabras: Cristo vive en mí.
Y cuando llegue la aflicción, mantened vuestros ojos en la esperanza. Las dificultades presentes son pasajeras, pero la gloria que Dios prepara permanece.
El Dios de todo consuelo fortalezca vuestros corazones y haga de cada uno de vosotros una verdadera carta de Cristo.
La gracia del Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu. Amén.
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